Una pregunta que casi nadie les hace
La inteligencia artificial se ha convertido en asunto de ministros, empresarios, investigadores y docentes. Unos discuten cómo regularla; otros, qué empleos transformará o de qué manera debe entrar en las aulas. En esa conversación abundan las predicciones sobre el futuro de los jóvenes. Resulta mucho más difícil encontrar a alguien que les haya preguntado cómo imaginan ellos ese futuro.
De esa ausencia parte el trabajo de Julio-César Mateus, Laura León y Cielo-Abril Paucar, investigadores de la Universidad de Lima. Su artículo, Imaginarios adolescentes y juveniles sobre la inteligencia artificial en América Latina: voces, tensiones y desafíos para una alfabetización situada, publicado en 2025 en la revista Signo y Pensamiento, intenta reconstruir la mirada de los adolescentes latinoamericanos sobre la inteligencia artificial: qué creen que es, cómo interpretan su presencia en la vida cotidiana y qué expectativas depositan en ella.
La tarea resultó menos sencilla de lo que podría parecer. Los autores buscaron estudios publicados entre 2018 y 2025 en bases de datos académicas y repositorios de organismos internacionales. Tras el proceso de selección reunieron únicamente 19 referencias. Diez procedían de América Latina y nueve de otros contextos, incorporadas como comparación o apoyo conceptual. Incluso tuvieron que ampliar el rango de edad hasta los 24 años ante la escasez de investigaciones centradas específicamente en adolescentes.
El corpus resulta demasiado reducido para trazar un retrato de toda una generación, pero esa limitación ya nos dice cosas muy interesantes: mientras la inteligencia artificial se incorpora a una velocidad extraordinaria a la educación, el entretenimiento y las relaciones personales de los jóvenes, todavía sabemos muy poco acerca de cómo la entienden. El debate ha dedicado más tiempo a anticipar lo que la IA hará con ellos que a escuchar qué tienen ellos que decir sobre la IA.
A partir de esa revisión, las páginas que siguen reconstruyen la mirada de los jóvenes latinoamericanos sobre la inteligencia artificial: cómo la entienden, qué usos han incorporado a su vida cotidiana y qué esperan o temen de un futuro cada vez más condicionado por ella. Sus respuestas dibujan una relación llena de contradicciones y obligan a preguntarse qué papel deberían desempeñar los propios adolescentes en las decisiones educativas y políticas que ya se están tomando.

Fría o empática: una percepción que condiciona el uso
La representación mental que los adolescentes tienen de la IA condiciona su relación con ella. Cuando un chatbot contesta con cortesía, recuerda el hilo de una conversación y ofrece consuelo, resulta fácil olvidar que detrás de sus frases hay cálculos probabilísticos. En México, una investigación recogida en la revisión encontró que los adolescentes atribuían a la IA sentimientos, emociones e incluso vida. En Perú y Colombia, los jóvenes la relacionaban con algoritmos y recopilación de datos, aunque también con la capacidad de imitar cualidades humanas. La imagen técnica y la figura casi humana convivían en sus respuestas.
Los autores utilizan el concepto de imaginarios sociotécnicos para referirse a las ideas y expectativas que una sociedad construye alrededor de una tecnología. En el caso de los adolescentes, su visión de la IA procede sobre todo del contacto con asistentes virtuales y chatbots, pero también de las películas y las noticias sobre robots. Estas referencias explican, en parte, que algunos la imaginen como una entidad capaz de pensar, sentir o actuar por sí misma.
Esta antropomorfización tiene consecuencias. Si una herramienta parece entender, el usuario puede concederle una autoridad que el sistema carece de medios para justificar. También puede atribuir intención a una respuesta sesgada o interpretar la fluidez verbal como prueba de conocimiento. Una investigación con escolares finlandeses incluida como referencia comparativa halló ideas parecidas: algunos estudiantes describían la IA como una entidad dotada de emociones e intenciones. La confusión, por tanto, rebasa las fronteras latinoamericanas, aunque en la región se combina con menores oportunidades de formación tecnológica.
La imagen contraria, es decir, la percepción de la IA como una tecnología fría, inaccesible y reservada a especialistas, también condiciona la relación de los jóvenes con ella. Estudios citados por los autores relacionan esa percepción con un menor interés por la programación y las ciencias computacionales. Entre la máquina que parece humana y el artefacto imposible de comprender queda poco espacio para una explicación más precisa: un sistema construido por personas, entrenado con grandes cantidades de datos y sujeto a decisiones comerciales y culturales.
La alfabetización empieza, según el artículo, por desmontar esos espejismos. Comprender la IA implica reconocer sus capacidades y el origen humano de las decisiones que rigen su funcionamiento: quién selecciona los datos, qué objetivos guían el diseño y qué grupos aparecen representados. Solo así los jóvenes podrán valorar con criterio sus respuestas y sus consecuencias.
El conocimiento modifica el imaginario
Las respuestas juveniles rara vez encajan en una posición de entusiasmo o rechazo absolutos. Los mismos estudiantes que celebran la rapidez de ChatGPT expresan inquietud por la privacidad o por el futuro del empleo. En las investigaciones reunidas, la IA aparece como una promesa capaz de ampliar las capacidades humanas y como una fuerza que puede escapar a su control.
En una consulta de Unicef, adolescentes brasileños imaginaron que la IA podría mejorar las capacidades de las personas y favorecer sus atributos positivos. Jóvenes chilenos, por su parte, identificaron sesgos de género reproducidos por los algoritmos. Estudiantes de Costa Rica valoraron su utilidad para aprender y reclamaron un uso ético. En México surgió la preocupación por los datos personales que se entregan a las plataformas. Son respuestas que desmienten la figura de una generación deslumbrada y poco reflexiva ante cualquier novedad digital.
El entusiasmo se desborda cuando la herramienta se incorpora a una experiencia educativa concreta. Un estudio con estudiantes bolivianos de arte registró emociones de alegría y sorpresa en asignaturas que utilizaban IA. Investigaciones con universitarios de Brasil y Nicaragua encontraron también una actitud favorable hacia ChatGPT para realizar tareas académicas, acompañada por dudas sobre sus efectos. La facilidad que seduce es la misma que despierta sospechas: si una aplicación produce el resultado en segundos, ¿qué parte del trabajo y del aprendizaje conserva el estudiante?
En el otro extremo aparecen futuros poblados por robots que superan a los seres humanos, empleos que desaparecen y sistemas que controlan aspectos esenciales de la vida. La ciencia ficción presta imágenes a esos temores, mientras los discursos empresariales y mediáticos añaden promesas de transformaciones inmediatas. Los jóvenes reciben ambas narraciones a la vez. De ese choque nace lo que otros investigadores llaman la ansiedad ante la IA (AI anxiety), una ansiedad alimentada por exageraciones utópicas y distópicas.
La revisión encuentra, sin embargo, señales de una mirada crítica más afinada. Después de participar en experiencias educativas sobre IA, algunos estudiantes empiezan a identificar los algoritmos como espejos de los sesgos de sus creadores. El conocimiento modifica el imaginario: la tecnología pierde parte de su aura mágica y se vuelve discutible. Y este cambio de percepción es importante porque permite sustituir el miedo abstracto por preguntas sobre privacidad, autoría, discriminación o fiabilidad que la escuela sí puede trabajar.
La desigualdad también moldea la imaginación
Hablar de los jóvenes latinoamericanos como un grupo homogéneo ocultaría una diferencia decisiva. Mientras algunos utilizan IA generativa para preparar trabajos, producir imágenes o explorar ideas, otros cuentan con una conexión precaria o apenas conocen el término. En Manaos, una de las consultas de Unicef encontró adolescentes que nunca habían oído hablar de inteligencia artificial. La tecnología que parece omnipresente desde ciertos entornos sigue lejos de una parte de la población.
Los usos más habituales son prácticos: buscar información, escuchar música, resolver tareas y crear contenidos. En la escuela, los estudiantes valoran la posibilidad de recibir explicaciones adaptadas a sus dificultades. Fuera de ella, la IA interviene en el entretenimiento y empieza a aparecer en aplicaciones de acompañamiento emocional. Los jóvenes aprecian que un chatbot esté disponible a cualquier hora, aunque reclaman conservar el contacto humano cuando necesitan ayuda.
Estas formas de utilizar la IA están lejos de repartirse por igual. La conectividad, los dispositivos y los recursos disponibles condicionan el acceso, pero explican solo una parte del problema. También importan las habilidades de cada joven, su comprensión de las respuestas y los criterios con los que las acepta o cuestiona. Los autores distinguen, en este sentido, entre barreras de primer orden, relacionadas con la infraestructura, y barreras de segundo orden, vinculadas con las creencias, las capacidades y la confianza para utilizar la tecnología. Dos alumnos pueden acceder a la misma aplicación y obtener resultados muy distintos si uno sabe detectar una respuesta inventada y el otro la acepta como cierta.
A esa distancia se suma la posición de América Latina como consumidora de sistemas desarrollados en otros lugares. Buena parte de las herramientas se entrena principalmente con contenidos en inglés y responde a prioridades definidas por empresas del norte global. Las lenguas, experiencias y referencias culturales de la región ocupan un espacio menor. Los jóvenes aprenden a relacionarse con una tecnología que habla con soltura, aunque conoce de forma desigual el mundo desde el que ellos le preguntan.
Un futuro que se decide sin ellos
Las expectativas de los jóvenes sobre la IA reproducen la ambivalencia que aparece a lo largo de toda la revisión. Confían en su capacidad para personalizar el aprendizaje y facilitar algunas tareas, pero temen que su desarrollo agrave las desigualdades y los deje fuera de un mercado laboral en transformación. Una encuesta realizada con estudiantes de México, Argentina, Perú y Ecuador añade otra preocupación a la lista: muchos sienten que los debates políticos y mediáticos sobre esta tecnología se producen sin escuchar su voz.
Esta mezcla de esperanza y recelo aparece también en los relatos culturales con los que imaginan el futuro. En algunos, la tecnología queda en manos de grandes corporaciones, facilita la vigilancia y termina escapando al control humano. En otros, contribuye a crear sociedades más sostenibles y comunitarias. Estas narrativas les permiten expresar sus preocupaciones por el empleo, la privacidad o el medioambiente y muestran que los jóvenes también elaboran sus propias visiones sobre el rumbo que podría tomar la tecnología. Para los autores, esas visiones deberían formar parte de las decisiones sobre la IA. Incorporarlas exige crear espacios donde los adolescentes puedan expresar algo más que su grado de satisfacción con una herramienta.
Escucharlos también permite orientar mejor su formación. La alfabetización que propone el artículo comprende el manejo de las herramientas, el conocimiento de sus límites y la capacidad para examinar sus respuestas, reconocer sesgos y proteger la información personal. Incluye, además, aprender a decidir cuándo conviene utilizar la IA y cuándo resulta preferible trabajar sin ella. La autonomía consiste también en saber apagarla durante el tiempo necesario para desarrollar las capacidades que después permitirán emplearla con criterio.
La propia revisión demuestra cuánto queda por conocer. Los autores localizaron 19 referencias y solo diez procedían de América Latina, una base insuficiente para representar la diversidad de experiencias juveniles de la región. Esa escasez refuerza nuestra conclusión: mientras gobiernos, empresas y escuelas avanzan en la incorporación de la inteligencia artificial, la voz de los adolescentes continúa ocupando un lugar secundario. Ellos ya están imaginando el futuro que compartirán con estas tecnologías. Escucharlos permitiría entenderlo mejor y darles la oportunidad de participar en su construcción.