A medida que los niños avanzan en sus estudios, la distancia entre las familias con más y menos recursos se hace visible en las aulas. En los países de ingresos bajos, por cada 100 alumnos del 20 % más rico que terminan la primaria, lo hacen 40 del grupo más pobre. Al final de la secundaria superior, la diferencia es mayor: por cada 100 jóvenes de las familias más acomodadas que completan esa etapa, solo 13 de las más pobres consiguen hacerlo, según los datos de la UNESCO.
Estas cifras hablan de dinero, de escuelas disponibles y de las dificultades que pueden acumularse durante la infancia. Pero también hablan del futuro porque los años que una persona pasa en la escuela están relacionados con sus posibilidades de encontrar trabajo, con los recursos de los que dispondrá y, también, con su salud.
Esta última relación, la de educación y salud, ha saltado a las líneas de un informe de la comisión de The Lancet sobre las amenazas para la humanidad en el siglo XXI. Esta comisión ha identificado 17 riesgos entre los que figuran “viejos conocidos” como los conflictos armados, las pandemias, el cambio climático. Pero también el bajo nivel educativo. Porque la falta de educación influye enormemente en nuestra salud.

16.100 millones de años de vida saludable
La relación entre educación y salud se ha estudiado durante décadas. El informe de The Lancet reúne esa evidencia y da un paso más: trata de calcular qué supondrían para la salud mundial distintas velocidades de avance educativo durante el resto del siglo.
La comisión espera que los años de escolarización aumenten en las próximas décadas y que se reduzcan algunas diferencias entre países de ingresos altos y bajos. Para explorar las consecuencias de ese progreso, comparó dos escenarios posibles, basados en los ritmos de mejora observados en distintos lugares durante las últimas décadas. En uno, los países amplían los años de escolarización más rápidamente; en el otro, el avance es más lento.
La distancia entre ambos escenarios es considerable. Los investigadores estiman que, entre 2025 y 2100, en el escenario de progreso educativo más lento se perderían 16.100 millones más de años de vida saludable por enfermedad, discapacidad o muerte prematura. La cifra reúne las pérdidas estimadas de muchas personas durante 75 años y está sujeta a un amplio margen de incertidumbre. El cálculo tiene en cuenta los cambios previstos en las tasas de enfermedad y mortalidad, así como en el tamaño de la población. Su propósito es mostrar la magnitud de la diferencia entre dos futuros posibles.
Los resultados también permiten observar dónde se concentraría esa diferencia. Cerca de dos tercios de la carga estimada corresponden a África subsahariana, una región donde los niveles de escolarización son actualmente más bajos y cuya población representará, según las proyecciones del informe, una proporción creciente del total mundial a lo largo del siglo.
Los niños y adolescentes ocupan un lugar destacado en ese cálculo: a los menores de 20 años les correspondería más de la mitad de los años de vida saludable cuya pérdida podría reducirse en el escenario de mayor avance educativo. Para estimar sus resultados de salud, los investigadores utilizaron la educación de sus padres y madres: a partir de los 20 años, tomaron como referencia la educación de la propia persona.
Esa decisión recopila una evidencia que los investigadores han observado en numerosos países: la educación de una generación está relacionada también con la salud de la siguiente. Para entender por qué, hay que seguir el recorrido que empieza en la escuela y continúa durante la vida adulta.
¿Cómo se relacionan escuela y salud?
En 2024, un equipo internacional de investigadores publicó en The Lancet Public Health una revisión de 603 estudios sobre educación y mortalidad adulta. Los trabajos reunían datos de 59 países e incluían contextos económicos diversos. La pregunta era cuánto cambiaba el riesgo de muerte asociado a cada año adicional de escolarización. La respuesta fue una reducción media del 1,9 % por cada año adicional de estudios. La asociación aparecía en hombres y mujeres y se mantenía hasta edades avanzadas, aunque era mayor entre los adultos más jóvenes: para el grupo de 18 a 49 años, la reducción media asociada era del 2,9 % por año; para los mayores de 70, del 0,8 %.
Estos resultados describen una tendencia observada en poblaciones. No permiten saber cuánto vivirá una persona concreta a partir de los cursos que haya completado. La salud depende de circunstancias distintas y relacionadas entre sí. Algunas de las condiciones que favorecen la escolarización, como los recursos familiares o el acceso a servicios públicos, también pueden favorecer una mejor salud.
La investigación sobre los vínculos entre educación y mortalidad intenta comprender cómo actúan esos factores. La comisión de The Lancet identifica varias vías. Una de ellas pasa por el empleo: la formación puede influir en el tipo de trabajo al que una persona accede, en la seguridad de sus condiciones laborales y en los ingresos de los que dispone. Con esos ingresos tendrá que resolver necesidades como la vivienda, la alimentación, el transporte o la atención médica.
La Organización Mundial de la Salud incluye esas condiciones entre los determinantes sociales de la salud. El lugar donde una persona nace y crece, las oportunidades de aprender, el trabajo que desempeña y los recursos con los que cuenta influyen en sus posibilidades de vivir con salud. La educación forma parte de ese conjunto y está relacionada con otros elementos.
Hay otras conexiones que aparecen en decisiones cotidianas. Comprender la información de un profesional sanitario, interpretar las instrucciones de un medicamento o saber dónde acudir cuando aparece un síntoma puede facilitar el cuidado de la salud. La educación puede contribuir a desarrollar esas capacidades y a desenvolverse en los servicios disponibles, aunque el acceso efectivo depende también de que existan centros, personal y tratamientos asequibles.
La comisión menciona asimismo la autonomía para tomar decisiones. Su alcance depende del contexto: estudiar durante más tiempo puede ampliar las posibilidades de una persona, pero esas posibilidades siguen condicionadas por las normas sociales, las oportunidades de empleo o el funcionamiento de las instituciones. Una población con mayor formación necesita, igualmente, servicios de salud a los que pueda acudir.
La relación se extiende a la infancia de la siguiente generación. Una revisión publicada en The Lancet en 2021 reunió 300 estudios de 92 países sobre la educación de los progenitores y la mortalidad infantil. Sus autores encontraron que cada año adicional de escolarización materna se asociaba, en promedio, con una reducción del 3,04 % en la mortalidad de menores de cinco años. Para la escolarización paterna, la reducción asociada era del 1,57 %.
De nuevo, las cifras expresan asociaciones observadas en grandes grupos de población. La educación de madres y padres está vinculada a las circunstancias en las que crecen sus hijos, desde los recursos del hogar hasta las posibilidades de acceder a atención sanitaria. También importan la calidad de esa atención, las condiciones de vida y las políticas públicas que acompañan a las familias.
Quiénes tienen menos oportunidades de estudiar
La expansión de la escuela durante las últimas décadas ha permitido que muchos más niños comiencen sus estudios. Sin embargo, las posibilidades de permanecer en ella y completar las distintas etapas siguen siendo muy diferentes. Como muestran los datos de la UNESCO, la distancia entre los alumnos de familias más pobres y más ricas aumenta a medida que avanzan en el sistema educativo.
Las dificultades pueden aparecer antes incluso de entrar en el aula. Una escuela alejada obliga a dedicar tiempo al trayecto y, en ocasiones, a pagar un transporte. Los gastos de materiales o uniformes se suman a otras necesidades del hogar. A medida que los niños crecen, las responsabilidades domésticas o la necesidad de contribuir a los ingresos familiares pueden competir con la asistencia a clase.
La pobreza se combina, además, con otras circunstancias. El lugar de residencia influye en las escuelas y servicios disponibles; la discapacidad puede exigir apoyos o materiales accesibles que no siempre existen; y las normas de género pueden condicionar las oportunidades de niñas y niños de maneras distintas. Cuando varias de estas dificultades coinciden, continuar estudiando puede convertirse en una tarea cada vez más complicada.
La salud también interviene en ese recorrido. Un niño que enferma con frecuencia y falta a clase puede tener dificultades para seguir las lecciones y mantener el vínculo con la escuela. La alimentación importa: la OMS señala que la nutrición y las dietas saludables contribuyen a los objetivos educativos y de aprendizaje. Las posibilidades de recibir atención o una alimentación suficiente, a su vez, están relacionadas con los recursos de la familia y los servicios a los que tiene acceso.
La relación entre educación y salud empieza, por tanto, mucho antes de la vida adulta. Las condiciones en las que crece un niño pueden influir en su escolarización; sus oportunidades de estudiar estarán después relacionadas con sus condiciones de vida y su salud.
Ampliar esas oportunidades exige atender a las necesidades concretas de los alumnos y de sus escuelas. Los docentes necesitan preparación y apoyo para enseñar a grupos diversos; los materiales han de ser accesibles; y quienes interrumpen la asistencia deben encontrar formas de continuar aprendiendo. La tecnología digital puede contribuir a ese trabajo cuando acerca recursos a contextos donde son escasos y se integra en la enseñanza con el acompañamiento necesario.
Una cuestión de oportunidades
La relación entre educación y salud da una dimensión más amplia a las decisiones sobre dónde construir una escuela, cómo apoyar al profesorado o qué recursos poner al alcance de los alumnos. Sus efectos pueden prolongarse durante décadas, especialmente cuando permiten continuar estudiando a quienes tenían más posibilidades de abandonar.
Por eso importa mirar a quién beneficia cada avance educativo. Una mejora en las cifras nacionales puede convivir con comunidades que siguen quedándose atrás. Reducir esa distancia exige dirigir recursos y apoyos hacia quienes encuentran más dificultades y comprobar que les permiten aprender. El informe de The Lancet aporta una razón más para hacerlo: las oportunidades que se abren en la escuela también pueden contribuir a que las desigualdades de hoy pesen menos sobre la salud de las próximas generaciones.