Pensemos en un niño que está aprendiendo que los objetos pesados y los ligeros caen a la misma velocidad. Su experiencia puede llevarle a anticipar que el objeto más pesado llegará antes al suelo. Al realizar el experimento y observar un resultado diferente, aparece una discrepancia entre lo que esperaba y lo que sucede. Esa sorpresa contiene información: obliga a revisar la explicación anterior.
Para que ese proceso resulte útil, el feedback desempeña un papel fundamental. Saber que una respuesta es incorrecta aporta una primera señal; conocer dónde está el error y disponer de información para corregirlo permite avanzar mucho más. Cuanto más clara y cercana a la acción sea esa información, más fácil resulta relacionarla con la respuesta que acaba de producirse y ajustar el conocimiento.
Esta forma de entender el error tiene implicaciones importantes para la enseñanza. Preguntar, plantear problemas o pedir a los alumnos que hagan predicciones genera oportunidades para comprobar lo que han entendido y descubrir dónde necesitan ajustar sus ideas. El error se convierte así en información para el alumno y también para el docente.
La manera en que se recibe esa equivocación también importa. Cuando responder mal provoca vergüenza o ansiedad, participar supone asumir un riesgo y algunos alumnos pueden preferir guardar silencio. Un entorno en el que resulta posible probar una respuesta, comprobarla y corregirla facilita el proceso que describe Dehaene: formular hipótesis y aprender de la distancia entre lo esperado y el resultado.
Aprender requiere, por tanto, espacio para ensayar y corregir. Cada error bien aprovechado indica al cerebro qué necesita revisar y le ofrece una nueva oportunidad para afinar lo que sabe.
Lo aprendido necesita tiempo para quedarse
Aprender algo por primera vez suele exigir esfuerzo. Pensemos en un niño que empieza a leer: debe reconocer cada letra, asociarla con un sonido, unir los sonidos y formar una palabra. Al principio, cada paso reclama buena parte de su atención. Con la práctica, el proceso se vuelve cada vez más rápido hasta que muchas de esas operaciones se realizan de forma automática.
Dehaene llama consolidación al proceso por el que los conocimientos y las habilidades se estabilizan y ganan fluidez. La automatización cumple aquí una función esencial: cuando una tarea deja de requerir tanta atención consciente, el cerebro puede dedicar sus recursos a objetivos más complejos. Un lector que reconoce las palabras con facilidad puede concentrarse en comprender un argumento, relacionar ideas o interpretar el sentido de un texto.
La práctica resulta fundamental para alcanzar esa fluidez. Y su distribución en el tiempo también cuenta. Volver sobre un contenido en distintos momentos y hacer el esfuerzo de recuperarlo de la memoria ayuda a reforzar las conexiones creadas durante el aprendizaje. Por eso, recordar lo estudiado días atrás puede resultar más útil para consolidarlo que concentrar toda la práctica en una única sesión.
El sueño desempeña también un papel importante. Mientras dormimos, el cerebro reactiva parte de la información adquirida durante el día y contribuye a estabilizar los recuerdos. Dehaene destaca especialmente este proceso en la infancia, una etapa en la que el sueño ocupa muchas horas y el aprendizaje avanza a gran velocidad.
La consolidación introduce así una dimensión temporal que resulta fácil olvidar cuando pensamos en la enseñanza. Lo que ocurre durante una clase inicia un proceso que necesita nuevas oportunidades para fortalecerse. Aprender requiere volver a lo aprendido, recuperarlo y utilizarlo hasta que aquello que antes exigía esfuerzo pueda servir de base para seguir avanzando.
Cuatro claves para mirar de otra manera el aula
Los cuatro pilares de Dehaene proporcionan una forma sencilla de observar lo que sucede durante una clase. Ante cualquier propuesta educativa podemos preguntarnos dónde está la atención de los alumnos, qué esfuerzo mental les exige, qué oportunidades tienen para comprobar sus respuestas y recibir información que les permita corregirlas y cuándo volverán a recuperar y utilizar lo aprendido.
Estas preguntas pueden aplicarse a una explicación del profesor, a un ejercicio de matemáticas, a un proyecto en grupo o a una actividad con tecnología. Una misma herramienta puede favorecer el aprendizaje o aportar muy poco dependiendo de cómo movilice estos procesos. Lo importante está en lo que el alumno hace mentalmente mientras la utiliza: dónde dirige su atención, qué intenta resolver, qué información recibe sobre sus errores y qué oportunidades encuentra para afianzar lo aprendido.
Ahí reside buena parte del interés educativo de la propuesta de Dehaene. La neurociencia aporta conocimiento sobre los mecanismos que intervienen cuando aprendemos y permite examinar algunas decisiones cotidianas del aula desde esa perspectiva. El trabajo del docente consiste después en traducir ese conocimiento a alumnos, contenidos y contextos concretos.
Atención, participación activa, feedback y consolidación forman así una secuencia que acompaña al aprendizaje desde el primer contacto con una idea hasta el momento en que podemos utilizarla con soltura. Comprender cómo funciona esa secuencia ayuda a diseñar mejores oportunidades para aprender y, en última instancia, a enseñar mejor.


Equipo Observatorio ProFuturo 


