Una dificultad resulta deseable cuando activa procesos de codificación y recuperación que favorecen la comprensión, la memoria y la transferencia. Si el estudiante carece de los conocimientos o las habilidades necesarios para responder a ese desafío, la misma dificultad se vuelve improductiva.
Esto significa que una misma tarea puede funcionar de manera muy distinta para dos alumnos. Pedir que recuerden las causas de la Revolución francesa varios días después de haberlas estudiado puede obligarlos a realizar un esfuerzo de recuperación beneficioso. Para un estudiante que apenas conoce los acontecimientos o el vocabulario necesario para comprenderlos, esa tarea puede quedar simplemente fuera de su alcance. Algo parecido ocurre con el intercalado: decidir qué procedimiento matemático utilizar ayuda a aprender cuando el alumno conoce ya los procedimientos entre los que debe elegir.
Por eso, el conocimiento previo ocupa un lugar fundamental en este marco. Los propios Bjork señalan que el nivel adecuado de dificultad puede variar considerablemente según la experiencia y los conocimientos de cada estudiante. En trabajos posteriores han insistido además en que el reto debe ser suficientemente exigente para provocar esfuerzo, pero susceptible de ser superado.
Para el docente, la consecuencia es importante. La dificultad que enseña está allí donde el alumno todavía puede hacer algo con ella. Por tanto, para diseñarla el profesor debe saber qué conoce el alumno, qué puede recuperar y qué apoyos necesita. Espaciar, intercalar o pedir que recuerde adquieren así una dimensión menos mecánica: su eficacia depende también de encontrar, para cada momento del aprendizaje, un grado de dificultad que permita al estudiante esforzarse con posibilidades de avanzar.
Una escuela que confunde desempeño con aprendizaje
¿Cómo sabemos que un alumno ha aprendido? La respuesta habitual suele apoyarse en lo que podemos observar en el aula: responde correctamente, resuelve los ejercicios, sigue una explicación, mejora después de practicar. El problema, según Bjork, es que estas señales nos hablan sobre todo del rendimiento en ese momento, y el rendimiento puede crear una impresión engañosa sobre la solidez de lo aprendido.
Esta distinción entre desempeño y aprendizaje ocupa un lugar central en la investigación de Bjork. El primero se refiere a lo que una persona es capaz de hacer mientras practica o inmediatamente después. El aprendizaje se revela con el tiempo: en cuánto conserva, en su capacidad para recuperar ese conocimiento cuando lo necesita y en cómo consigue utilizarlo en situaciones diferentes. Por eso, una clase en la que los alumnos aciertan mucho puede estar produciendo un aprendizaje menos duradero que otra en la que dudan, buscan respuestas en su memoria y cometen más errores.
Las dificultades deseables invitan así a ampliar el horizonte con el que evaluamos lo que ocurre en el aula. Junto a los resultados inmediatos aparecen otras preguntas: ¿qué recordarán los alumnos dentro de una semana o de un mes? ¿Podrán recuperar ese conocimiento sin ayudas? ¿Sabrán reconocer cuándo deben utilizarlo? ¿Serán capaces de aplicarlo ante un problema que nunca han visto?
Estas preguntas tienen consecuencias para la enseñanza. Si el objetivo es que los conocimientos puedan recuperarse y utilizarse más adelante, una práctica que exige esfuerzo puede ser más valiosa que otra que produce una sucesión rápida de respuestas correctas. También obliga a interpretar con cuidado las dudas y los errores durante el aprendizaje: algunos pueden ser la consecuencia del trabajo cognitivo que precisamente queremos provocar.
La propuesta de Bjork introduce así una medida especialmente exigente del éxito educativo: lo importante es cuánto de lo aprendido sigue disponible cuando la clase, el ejercicio y las ayudas han quedado atrás.
La prueba del tiempo
Aprender implica conservar lo aprendido cuando ha pasado el tiempo y ser capaz de recuperarlo cuando hace falta. Y para conseguirlo, el camino puede incluir olvidos, dudas, errores y respuestas que tardan en llegar. Las dificultades deseables ayudan a entender por qué ese esfuerzo puede tener valor.
La paradoja de Bjork devuelve así el aprendizaje a una experiencia que cualquiera reconoce: aquello que hemos tenido que recordar, reconstruir, practicar en momentos distintos o aplicar de maneras diferentes suele dejar una huella más profunda. Quizá aprender bien tenga algo de eso: encontrar una dificultad suficiente para obligarnos a pensar y, al mismo tiempo, dejarnos avanzar.


Equipo Observatorio ProFuturo 

