Podemos terminar nuestros estudios con buenas calificaciones, conseguir un trabajo que nos guste, disfrutar de una vida cómoda y, aun así, sentirnos profundamente insatisfechos. Podemos saber mucho sobre el mundo y entender muy poco de lo que nos ocurre por dentro. O tener dificultades para resolver un conflicto, afrontar una frustración o construir relaciones saludables con quienes nos rodean. ¿Por qué damos por hecho que debemos aprender a hacer todas esas cosas por nuestra cuenta?
Emiliana Rodríguez-Morales lleva años trabajando para que estas capacidades encuentren su lugar en la educación. Su trabajo se sitúa en el campo del florecimiento humano, un concepto que reúne el bienestar, el desarrollo de nuestras capacidades y los valores que orientan nuestra relación con los demás. Desde esta perspectiva, aprender Matemáticas, Ciencias o Historia sigue siendo fundamental, pero no basta para desarrollar todas las capacidades que necesitamos a lo largo de la vida.
“Esta dimensión emocional la podemos desarrollar y la podemos cultivar”, explica Emiliana. Y las escuelas, añade, son espacios privilegiados para hacerlo. Conocernos y valorarnos, reconocer nuestras emociones, cultivar la empatía o aprender a tomar decisiones con pensamiento crítico son capacidades que pueden enseñarse y desarrollarse mediante prácticas educativas concretas.
La investigación ofrece motivos para avanzar en esa dirección. Durante la entrevista, Emiliana repasa los beneficios que se han observado en los programas de educación socioemocional: mejoras en el clima del aula, la convivencia, la regulación emocional y los resultados académicos. También explica por qué su eficacia depende de algo más que incorporar una asignatura al currículo: hace falta implicar a toda la comunidad escolar, adaptar los programas a cada contexto y evaluar sus resultados.

La conversación se detiene también en una cuestión especialmente importante: las desigualdades educativas. Las dificultades para regular las emociones, colaborar o relacionarse pueden convertirse, desde los primeros años, en obstáculos para otros aprendizajes. Por eso, Emiliana insiste en la importancia de intervenir desde la primera infancia y de acercar estas herramientas a las comunidades con menos recursos.
Su experiencia ofrece ejemplos concretos: formación para cuidadores y familias, iniciativas comunitarias y pequeñas lecciones que llegan por WhatsApp a padres, madres y docentes. La tecnología puede ayudar a mantener ese acompañamiento allí donde resulta difícil ofrecer formación presencial de manera continuada.
“Una escuela que promueva el florecimiento tendría que ser una escuela que parte y que promueve en todas sus acciones la dignidad humana”, sostiene Emiliana.
¿Qué tendría que cambiar para acercarnos a esa escuela? ¿Y qué podemos empezar a hacer con los recursos que ya tenemos? De todo ello hablamos en esta nueva entrega de Conversaciones del Observatorio ProFuturo.