Un niño avanza de nivel en una aplicación de matemáticas. Un adolescente termina una tarea con ayuda de un chatbot. La plataforma informa de que casi todos los ejercicios están completos. Todo parece funcionar, pero esos resultados dejan una pregunta sin responder: ¿qué han aprendido realmente los alumnos?
Ese es el tema central que aborda el Informe de expertos sobre el aprendizaje de niños y adolescentes con tecnología educativa (APA Expert Report on Children’s and Adolescents’ Learning With Educational Technology), publicado en septiembre de 2026 por la Asociación Estadounidense de Psicología. El documento revisa la evidencia disponible sobre el uso de estas herramientas entre los 5 y los 18 años. En sus conclusiones evita un veredicto general: sus efectos dependen de lo que hacen los estudiantes con ellas, de cómo intervienen los adultos y de las actividades que acaban sustituyendo.
El informe utiliza el concepto de tecnología educativa en un sentido amplio. Es decir: incluye los productos creados para enseñar (aplicaciones de lectura o tutores inteligentes), las herramientas de uso general empleadas en clase (buscadores, procesadores de texto y chatbots) y la infraestructura que permite utilizarlas, desde los dispositivos hasta las plataformas de gestión del aprendizaje. Cada categoría exige una evaluación diferente en función de su diferente naturaleza: una aplicación de cálculo tendrá que demostrar que mejora esa competencia; sin embargo, en un chatbot, los resultados dependerán del uso educativo que se haga de él.
Para la APA, el aprendizaje se produce cuando la experiencia deja un cambio relativamente duradero en los conocimientos o las habilidades del alumno. El tiempo de uso, el número de actividades completadas o la facilidad con la que avanza dentro de una aplicación ofrecen información sobre su participación, pero la prueba decisiva llega después: cuando puede recordar lo estudiado, explicarlo con sus propias palabras y aplicarlo a una situación diferente sin las pistas ni las ayudas de la herramienta.
Sobre esa diferencia entre rendir bien durante una actividad y aprender para utilizar lo aprendido en el futuro, el informe construye sus diez recomendaciones para docentes, familias, administraciones y desarrolladores.

Diez recomendaciones para utilizar la tecnología educativa
Definir qué se quiere enseñar
Una herramienta debe evaluarse por la competencia concreta que practica. Si trabaja el cálculo básico, tendrá que demostrar que el alumno resuelve después operaciones similares fuera de la aplicación. Haber aprendido a superar sus ejercicios o seguir sus pistas acredita dominio del programa, pero no necesariamente del contenido. La APA pide especial cautela con las promesas de mejorar capacidades generales como la inteligencia o el pensamiento crítico: practicar una actividad específica rara vez produce por sí solo avances en habilidades tan amplias. Esos efectos solo pueden sostenerse si aparecen también en tareas y contextos diferentes.
Medir el aprendizaje y no solo la actividad
Minutos de conexión, ejercicios completados, niveles superados o satisfacción del usuario permiten saber cuánto se ha utilizado una plataforma, pero dicen poco sobre lo aprendido. El informe recomienda comprobar si el estudiante puede recordar, explicar y aplicar el contenido después de cerrar la aplicación. Si solo resuelve correctamente la tarea cuando dispone de sus pistas y ayudas, quizá haya aprendido a manejar la herramienta, no la materia que debía enseñarle.
Observar qué sustituye el tiempo de pantalla
Contar horas resulta insuficiente porque una pantalla alberga actividades muy diferentes. Importa qué hace el alumno, cuándo, con quién y qué deja de hacer. La tecnología puede desplazar el sueño, la lectura, el movimiento, la conversación o las experiencias prácticas. Entre los más pequeños conviene proteger especialmente el juego y la exploración. En la adolescencia, el descanso y las relaciones presenciales. Incluso una buena aplicación pierde valor si ocupa el momento equivocado.
Elegir herramientas basadas en cómo aprendemos
La novedad tecnológica aporta poco si ignora lo que sabemos sobre la memoria y la práctica. La APA aconseja buscar herramientas que pidan recuperar información sin consultarla, volver sobre los contenidos en distintos momentos, alternar tipos de problemas y explicar los errores. Los tutores inteligentes pueden ayudar cuando ofrecen pistas y adaptan la dificultad sin resolver la tarea por el estudiante. El criterio es sencillo: la herramienta debe mantener al alumno pensando.
Reducir estímulos y distracciones
Puntos, insignias, rachas, sonidos y animaciones pueden prolongar el uso de una aplicación mientras apartan la atención del contenido. El mismo problema aparece cuando el alumno salta entre pestañas, consulta mensajes o atiende notificaciones. La multitarea se relaciona con una comprensión más pobre y un recuerdo menor, aunque los estudiantes suelen infravalorar ese coste. El informe recomienda diseños sencillos y dispositivos configurados para limitar las interrupciones.
Preservar el esfuerzo intelectual ante la inteligencia artificial
La inteligencia artificial puede mejorar una respuesta o un trabajo sin producir un aprendizaje equivalente. Cuando genera ideas, explicaciones o soluciones, también dificulta saber qué comprende el alumno. La recomendación es utilizarla después de un primer intento propio: comparar ambas respuestas, detectar errores y revisar el trabajo. La APA pide mantener además tareas que permitan demostrar conocimientos sin asistencia y extremar la cautela con chatbots que fomentan confianza, dependencia emocional o revelación de información personal.
Mantener el acompañamiento adulto
Niños y adolescentes aprenden más con tecnología cuando un adulto los ayuda a identificar las ideas importantes y a relacionarlas con otras experiencias. La intervención cambia con la edad. Con los pequeños puede consistir en compartir la actividad; con los mayores, en pedirles que expliquen lo aprendido, comprueben la información y justifiquen sus decisiones. La herramienta debería reforzar la relación educativa y el criterio del docente, no reemplazarlos.
Averiguar quién se beneficia y quién queda atrás
Un resultado positivo en promedio puede ocultar que algunos estudiantes encuentran barreras. El idioma, la discapacidad, el nivel lector, el contexto cultural, el dispositivo disponible o la ayuda familiar condicionan el uso. Funciones como los subtítulos, el dictado o la lectura de texto pueden facilitar el acceso, pero cada producto debe probarse con alumnos diversos. También conviene observar quién necesita ayuda constante, quién evita la herramienta y quién abandona antes de llegar al contenido.
Proteger los datos de los estudiantes
Los datos permiten detectar dificultades y adaptar la enseñanza, pero también pueden utilizarse para crear perfiles, mostrar publicidad o desarrollar productos. Cada información recogida debería tener una finalidad educativa clara. Familias, docentes y alumnos necesitan saber qué se almacena, quién puede consultarlo y cuándo se eliminará. Las aplicaciones gratuitas merecen especial atención cuando su modelo de negocio depende de los datos. La recomendación es recopilar únicamente lo imprescindible.
Planificar todo lo que viene después de la compra
Adquirir licencias o repartir dispositivos constituye solo el comienzo. El profesorado necesita formación continuada, tiempo para planificar y asistencia técnica. Las escuelas también deben decidir cómo medirán los resultados y cuándo revisarán la herramienta. Muchos estudios demuestran que un producto funciona mejor que la enseñanza habitual, pero no que sea superior a otras prácticas eficaces. La evaluación debe acompañar toda la implementación y permitir cambiar de rumbo cuando el aprendizaje no mejora.
El examen continúa
Estas diez recomendaciones trasladan la atención desde la novedad de la herramienta hacia la experiencia del alumno. Una aplicación puede resultar útil para practicar una competencia y poco adecuada para desarrollar otra; una plataforma puede facilitar el aprendizaje de algunos estudiantes y levantar barreras para otros; la inteligencia artificial puede explicar un concepto o evitar que el alumno llegue a formular su propia explicación.
Por eso la tecnología educativa nunca recibe una nota definitiva. Su examen se repite con cada uso, cada contexto y cada estudiante. La prueba decisiva llega cuando desaparecen las ayudas y el alumno debe recordar, explicar o resolver por sí mismo. Lo que sea capaz de hacer entonces permite saber cuánto le ayudó realmente la tecnología a aprender.