La escuela mata la creatividad: 20 años después

En 2006, una conferencia de apenas 20 minutos se convirtió en una de las charlas más vistas de la historia de TED. Millones de docentes descubrieron en ella una forma distinta de hablar sobre la escuela. Ken Robinson defendía que los sistemas educativos, diseñados para la Revolución Industrial, penalizaban la creatividad y el pensamiento divergente. Dos décadas después, aquella conferencia sigue citándose en cursos de formación docente, libros y debates educativos. ¿Qué decía exactamente? ¿Cómo resuenan hoy, 20 años después, aquellas ideas?

La escuela mata la creatividad: 20 años después

En febrero de 2006, un educador británico subió al escenario de TED en Monterey, California, para hablar de creatividad. Sir Ken Robinson llevaba años reflexionando sobre el papel de la escuela, el talento y el aprendizaje. Aquella intervención de apenas 20 minutos de duración, titulada Do Schools Kill Creativity?, inició un recorrido poco habitual para una conferencia sobre educación. Con la expansión de YouTube y la creciente proyección internacional de TED, alcanzó una audiencia de millones de personas y pasó a formar parte de cursos de formación docente, programas universitarios y debates sobre innovación educativa en todo el mundo.

Casi veinte años después, la conferencia conserva un lugar singular. Sigue apareciendo en bibliografías, recomendaciones de lectura y programas de formación. Muchas personas conocen algunas de sus historias (como la niña que dibuja a Dios o la de la bailarina Gillian Lynne) incluso sin haber visto la charla completa. Muchas de las ideas que popularizó siguen formando parte del debate educativo. La creatividad, el reconocimiento de talentos diversos o el lugar de las artes en la escuela continúan siendo temas recurrentes en congresos, publicaciones y programas de formación docente.

Volver hoy a aquella conferencia nos lleva a la idea que da sentido a todo el pensamiento de Robinson: la escuela no consiste únicamente en transmitir conocimientos. También contribuye a moldear la manera en que los alumnos descubren sus capacidades, interpretan el error y desarrollan su potencial. A partir de esa premisa, Robinson construyó una reflexión que marcó una generación de docentes y que todavía hoy sigue alimentando el debate educativo.

Si no estás preparado para equivocarte, nunca harás nada original

La creatividad es el punto de partida de toda la conferencia. También es el concepto sobre el que construye su crítica al sistema educativo. Desde los primeros minutos plantea una idea que estará presente a lo largo de su intervención: todos los niños nacen con una extraordinaria capacidad para imaginar, experimentar y encontrar respuestas inesperadas. La educación, sostiene, debería proteger esa capacidad y ayudarla a desarrollarse.

La escena con la que introduce este argumento se ha convertido en una de las más recordadas de la historia de TED. Una niña de seis años dibuja concentrada en clase. Cuando la profesora le pregunta qué está representando, responde con absoluta naturalidad: «Estoy dibujando a Dios». «Pero nadie sabe cómo es Dios», observa la maestra. «Lo sabrán dentro de un minuto», contesta la niña. Robinson utiliza esta historia para ilustrar una característica que, a su juicio, define la infancia: los niños todavía no sienten la necesidad de tener siempre la respuesta correcta. Se atreven a probar, a imaginar y a decir lo que piensan sin calcular constantemente las consecuencias.

Esa confianza constituye, para Robinson, el terreno donde florece la creatividad. Por eso afirma que toda persona creativa debe aceptar la posibilidad de equivocarse. «Si no estás preparado para equivocarte, nunca harás nada original», dice en uno de los momentos más citados de la conferencia. O, dicho de otra forma: cualquier idea nueva nace en un espacio de incertidumbre. Quien explora un camino desconocido puede acertar, rectificar o descubrir que la solución estaba en otra dirección. El error forma parte de ese proceso.

A partir de esa premisa, Robinson dirige la mirada hacia la escuela. Su argumento es que muchos sistemas educativos han construido una cultura en la que la equivocación, sencillamente, no tiene lugar. Desde edades muy tempranas, los alumnos aprenden que las respuestas tienen un valor diferente, que unas son correctas y otras incorrectas, y que la evaluación premia la precisión. Esa lógica resulta imprescindible en numerosos aprendizajes, reconoce implícitamente la propia organización escolar, pero también puede reducir el espacio para formular hipótesis, asumir riesgos intelectuales o explorar soluciones menos convencionales.

La consecuencia, según Robinson, trasciende las aulas. Con el paso de los años, muchos adultos aprenden a protegerse del error y acaban evitando situaciones en las que podrían poner a prueba ideas propias. La creatividad deja entonces de entenderse como una capacidad presente en todas las personas y pasa a identificarse con un talento excepcional reservado a unos pocos. Robinson cuestiona precisamente esa visión. Para él, la creatividad forma parte de la inteligencia humana y merece ocupar un lugar central en la educación, del mismo modo que la alfabetización.

A partir de ahí, Robinson amplía el foco y dirige su atención a la propia estructura del sistema educativo: las materias que prioriza, los talentos que reconoce y la idea de éxito que transmite a cada generación de estudiantes.

Una escuela diseñada para otro mundo

La reflexión de Ken Robinson va más allá de la creatividad. En el centro de su conferencia aparece una pregunta de mayor alcance: ¿por qué las escuelas valoran unas capacidades por encima de otras? Para responderla, Robinson se remonta al origen de los sistemas educativos modernos y sitúa su nacimiento en un momento histórico muy concreto: la Revolución Industrial.

A su juicio, la escuela que conocemos hoy fue concebida para responder a las necesidades económicas y sociales de aquella época. Su misión consistía en formar ciudadanos y trabajadores para un mundo que demandaba orden, disciplina y conocimientos estandarizados. Esa herencia, sostiene, sigue presente en la forma en que se organizan las asignaturas, se distribuyen los tiempos de aprendizaje o se evalúa a los estudiantes.

De esa historia deriva, según Robinson, una jerarquía del conocimiento que apenas ha cambiado. En la parte superior se sitúan las matemáticas y las lenguas, seguidas por las humanidades y las ciencias sociales. Las artes ocupan un lugar secundario, y dentro de ellas la música o las artes plásticas suelen recibir mayor reconocimiento que disciplinas como la danza. Robinson no cuestiona la importancia de las primeras. Su crítica se dirige al orden implícito que transmite la escuela cuando unas materias se consideran esenciales para el éxito académico y otras quedan asociadas a intereses complementarios o actividades extracurriculares.

Ese modelo responde, en su opinión, a otra idea profundamente arraigada: la universidad representa el destino natural de una buena educación. Robinson recuerda que muchas familias y muchos sistemas educativos organizan la escolarización con ese objetivo como referencia. El resultado es una concepción del éxito vinculada casi exclusivamente al rendimiento académico y al acceso a estudios superiores, mientras otras formas de talento encuentran menos espacio para desarrollarse.

Es en este punto donde introduce la historia de Gillian Lynne, la coreógrafa responsable de musicales como Cats o El fantasma de la ópera. Cuando era niña, sus profesores creían que tenía problemas de comportamiento porque no conseguía permanecer quieta en clase. Un especialista observó su manera de moverse, comprendió que aquella energía encontraba su lenguaje en la danza y recomendó a su madre llevarla a una escuela especializada. Robinson recurre a este episodio para mostrar cómo una capacidad que podía interpretarse como una dificultad terminó convirtiéndose en una extraordinaria carrera artística cuando encontró el entorno adecuado.

La historia de Gillian Lynne resume una de las ideas centrales de la conferencia. La inteligencia, sostiene Robinson, adopta formas diversas. Algunas personas piensan mejor con palabras; otras, con números, imágenes, sonidos o movimiento. Un sistema educativo que reconoce solo una parte de esas capacidades corre el riesgo de dejar otras sin desarrollar.

Desde esa perspectiva, Robinson no plantea una confrontación entre ciencias y artes, ni propone restar importancia a las matemáticas o a la lengua. Su invitación consiste en ampliar la idea de inteligencia sobre la que se construye la escuela y reconocer que educar implica crear las condiciones para que cada alumno pueda descubrir y desarrollar sus capacidades en toda su diversidad.

Veinte años de conversación

Las ideas de Ken Robinson han seguido caminos distintos. Algunas han ganado presencia en las políticas educativas. Otras han encontrado respaldo en la investigación. Algunas continúan generando debate. Volver a escuchar su conferencia permite seguir ese recorrido y comprobar cómo han evolucionado las preguntas que planteó.

La primera tiene que ver con la creatividad. Cuando Robinson afirmó que debía recibir el mismo reconocimiento que la alfabetización, la frase sonaba casi provocadora. Dos décadas después, el panorama es muy diferente. La creatividad ha dejado de ocupar un lugar periférico en el discurso educativo para convertirse en una competencia explícita en numerosos currículos y en objeto de evaluación internacional.

En 2022, la OCDE incorporó por primera vez el pensamiento creativo a PISA. La prueba no preguntaba quién era creativo y quién no. Evaluaba la capacidad de generar ideas diversas y originales, revisarlas, mejorarlas y aplicarlas a problemas de distinta naturaleza. La definición resulta reveladora porque desplaza el foco desde un supuesto talento innato hacia una competencia que puede desarrollarse mediante la práctica y la enseñanza.

También ha cambiado la manera de entender el proceso creativo. Robinson insistía en que el miedo al error limitaba la originalidad. La investigación posterior ha permitido describir con mayor precisión esa relación. Hoy sabemos que las ideas creativas rara vez aparecen acabadas desde el primer intento. Se generan, se ponen a prueba, se revisan y se mejoran de forma sucesiva. Esa lógica de iteración ocupa un lugar central en el propio marco conceptual de PISA, que considera la evaluación y la mejora de las ideas parte inseparable del pensamiento creativo.

La tercera cuestión tiene que ver con la inteligencia. Robinson defendía que la escuela tendía a reconocer un conjunto limitado de capacidades y dejaba otras en segundo plano. Esa reflexión sigue formando parte del debate educativo, aunque hoy suele formularse de otra manera. La discusión ya no gira únicamente en torno a la oposición entre materias académicas y artísticas, sino alrededor de cómo integrar conocimientos, creatividad, resolución de problemas y colaboración.

De hecho, uno de los resultados más interesantes de PISA 2022 muestra que los sistemas educativos con mejores resultados en pensamiento creativo suelen obtener también buenos resultados en matemáticas, lectura y ciencias. La creatividad no aparece como una alternativa al conocimiento disciplinar: se apoya en él y lo complementa.

Quizá esa sea la principal diferencia entre la conferencia de 2006 y la conversación actual. Robinson contribuyó a colocar la creatividad en el centro del debate educativo. Veinte años de investigación han permitido afinar esa idea. Hoy hablamos menos de elegir entre creatividad y conocimientos, entre ciencias y artes o entre imaginación y rigor. Hoy, la cuestión es cómo construir una escuela capaz de desarrollar todas esas capacidades de forma integrada. Ese debate sigue abierto. Robinson ayudó a iniciarlo. La investigación posterior ha ido completando el mapa.

Pocas conferencias educativas han tenido un recorrido comparable al de Do Schools Kill Creativity? Su legado va más allá de la creatividad. Consiste en haber obligado a replantearnos qué entendemos por inteligencia, qué valor damos a los distintos talentos y qué esperamos realmente de la escuela. Dos décadas después, el debate continúa abierto.

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