La calidad de los aprendizajes atraviesa un momento delicado, que la pandemia ha agravado sustancialmente. Antes del COVID-19, más de la mitad (53%) de los niños de 10 años no eran capaces de leer y entender un texto sencillo. Hoy son el 70%. Consecuentemente, resulta fundamental analizar cómo los sistemas educativos pueden responder con mayor efectividad para garantizar que el aprendizaje se recupere de los estragos de la pandemia y siga mejorando a un ritmo adecuado.
En este camino de recuperación, la formación y el desarrollo profesional de los docentes ocupa un lugar primordial. Varias investigaciones coinciden en que la capacitación del profesorado es uno de los factores de mayor impacto en el rendimiento académico de los estudiantes. Sin embargo muchas de las estrategias de formación que se usan en la actualidad mantienen un patrón desactualizado: cursos exprés, talleres sueltos y capacitaciones de poco calado y profundidad que no transforman el aula como se esperaría.
Conscientes de que la formación docente necesita políticas sostenibles y focalizadas en lo que verdaderamente requiere el profesorado, varios gobiernos y organizaciones internacionales han empezado a plantearse nuevos métodos. Es el caso de GPE KIX (Global Partnership for Education – Knowledge and Innovation Exchange), una iniciativa, impulsada por la Alianza Mundial para la Educación (Global Partnership for Education, GPE), que financia proyectos y presta apoyo a soluciones basadas en evidencia, especialmente en países con menos recursos. A través de redes de expertos, comunidades de práctica y diversos materiales, GPE KIX busca llevar a gran escala propuestas que funcionen y fortalezcan las capacidades de los sistemas educativos.
GPE KIX ha analizado los resultados de sus programas y estrategias para concluir las claves de lo que funciona. En este artículo, os resumimos algunas de sus conclusiones.
El desafío de la formación docente en un contexto de crisis global
Los retos a los que se enfrenta la profesión docente, especialmente en entornos vulnerables tienen raíces históricas y estructurales que van mucho más allá de la emergencia sanitaria. Desde la desigualdad en la distribución de recursos hasta la falta de un plan sólido para acompañar a los maestros en su crecimiento profesional, se han ido acumulando obstáculos difíciles de sortear. En muchas regiones, los docentes apenas cuentan con sesiones de capacitación breves o formaciones genéricas que no se ajustan a la realidad de su aula, de modo que les resulta muy complicado avanzar cuando llegan situaciones extremas como la pandemia.
La COVID-19 se convirtió en una lupa que agrandó estas brechas y puso en evidencia la fragilidad estructural del sistema educativo: docentes que imparten sus clases en aulas con más estudiantes que pupitres, sin acceso a libros actualizados ni una conexión a internet mínimamente estable.
El problema no se limita a infraestructuras deficientes o a la imposibilidad de acceder a tecnología adecuada. También se relaciona con la preparación emocional y mental que el profesorado necesita. Enseñar a un salón lleno de niños y niñas con necesidades distintas requiere no solo técnicas pedagógicas avanzadas, sino también un compromiso que se alimenta de sentir que no están solos en esta tarea. Y en tiempos de crisis global, ese sentimiento de respaldo puede marcar la línea entre un maestro que se rinde y uno que persiste.
Muchos maestros comentan que se sienten aislados y con poca retroalimentación cuando intentan implementar nuevas estrategias. Tener un espacio de diálogo y acompañamiento formativo a lo largo del año marcaría una gran diferencia en su práctica diaria. Sin embargo, encontrar ese respaldo es difícil si no existen políticas públicas enfocadas en sostener el proceso o si las autoridades locales no tienen los recursos para ponerlo en marcha.
La necesidad de replantear la formación docente debe concebirse como un proceso continuo que transforme de verdad la manera de enseñar y, por tanto, de aprender. Esto no se resuelve con cursos exprés o talleres puntuales.
Características clave del desarrollo profesional docente efectivo
La necesidad de replantear la formación docente debe concebirse como un proceso continuo que transforme de verdad la manera de enseñar y, por tanto, de aprender. Esto no se resuelve con cursos exprés o talleres puntuales. Las investigaciones impulsadas por GPE KIX señalan la necesidad de iniciativas de mayor alcance, en las que los docentes tengan la oportunidad de reflexionar, experimentar y perfeccionar su práctica en el tiempo. A continuación, se presentan algunas estrategias clave que pueden detonar ese cambio profundo en la labor educativa:
- Enfoque en contenido y pedagogía. No basta con que el docente domine su materia. También necesita herramientas pedagógicas que le permitan traducir ese conocimiento en experiencias de aprendizaje significativas y adecuadas al contexto de sus estudiantes. Un buen programa de formación, por ejemplo, presenta casos reales y herramientas que se ajustan a la edad y nivel de los alumnos. Un mismo contenido (por ejemplo, un tema de Matemáticas) puede enseñarse de formas distintas en primaria y en secundaria. La formación docente de calidad ofrece ejemplos de adaptación de estrategias según la edad, el contexto sociocultural y los recursos disponibles.
- Estrategias de aprendizaje activo. El desarrollo profesional no puede limitarse a escuchar conferencias o participar en talleres teóricos. Esto tiene un valor introductorio, pero el verdadero aprendizaje docente ocurre cuando los profesores se involucran de manera activa reflexionando sobre sus prácticas y observando modelos de enseñanza concretos. Esto puede hacerse a través de vídeos o visitas a aulas. También se pueden recrear situaciones de aula o conflictos reales para ensayar estrategias de resolución. Analizar grabaciones de clases, compartir inquietudes con el grupo y proponer mejoras motiva la innovación y favorece la toma de decisiones fundamentadas.
- Colaboración entre pares. Compartir ideas, materiales y experiencia con colegas enriquece la visión de cada docente. Nadie enseña exactamente igual, y cada enfoque puede ofrecer soluciones a los retos que otros están viviendo. La colaboración construye redes de apoyo que ayudan a mantener la motivación y generan un sentido de comunidad, clave para sostener la innovación y el desarrollo profesional a lo largo del tiempo. Esto puede hacerse a través de comunidades de práctica, con grupos de docentes que se reúnen, virtual o presencialmente, para discutir desafíos y compartir recursos. Un profesor que comparte sus aciertos y dificultades con colegas encuentra nuevas maneras de abordar problemas y perfecciona sus técnicas.
- Apoyo de expertos. La presencia de mentores o asesores especializados en pedagogía permite a los docentes contar con un punto de referencia y una guía experimentada, especialmente cuando se implementan metodologías nuevas. El acompañamiento continuo ayuda a mantener el enfoque en los objetivos de mejora, evitando que el entusiasmo inicial decaiga al enfrentar dificultades. Esto puede hacerse a través de mentirías y coaching pedagógico, en los que el mentor proporciona ejemplos concretos, observa clases, ofrece retroalimentación detallada y acompaña la evolución del docente, ajustándose a sus necesidades específicas. También son importantes las formaciones ajustadas a las realidades locales de los docentes, en las que se toman en cuenta factores como la infraestructura de la escuela, la cantidad de alumnos por clase, la disponibilidad de tecnología o materiales, y las características socioculturales de la comunidad. Lo realmente decisivo es que este respaldo sea regular y adaptado a la realidad de cada escuela, en lugar de ser un simple evento aislado.
- Formación continua. Cambiar una práctica pedagógica de raíz no se logra de la noche a la mañana. Requiere un ciclo de experimentación, análisis y ajuste que solo puede darse a lo largo del tiempo. Por ese motivo, los mejores programas de desarrollo profesional plantean un ciclo: capacitación, aplicación en el aula, reflexión sobre resultados y refuerzo de lo aprendido. Esta constancia permite que los docentes ajusten sus enfoques y consoliden los logros con el paso del tiempo.
Cómo escalar estas innovaciones y lograr cambios en las políticas públicas
¿Cómo lograr que estos modelos de formación docente se expandan y echen raíces en sistemas educativos con recursos limitados? El trabajo de GPE KIX apunta a la colaboración estrecha con gobiernos, líderes escolares y otras organizaciones, sumada a una estrategia adaptada a cada contexto.
Alianza con gobiernos y ministerios de educación
En primer lugar, la alianza con gobiernos y ministerios de educación actúa como catalizador de la sostenibilidad y la amplitud de alcance. Un proyecto que cuenta con el respaldo de las autoridades educativas encuentra con mayor facilidad la estabilidad y el financiamiento necesarios para llegar a las comunidades más alejadas.
Una ruta habitual es iniciar con planes piloto en regiones específicas, recopilar datos que demuestren la efectividad de la propuesta y luego presentar los resultados a los responsables de la formulación de políticas para buscar su implementación a mayor escala. Cuando el Estado se compromete, se favorece la inclusión de la formación docente en planes de estudio nacionales o en programas de actualización continua, lo que garantiza que la iniciativa no dependa únicamente de esfuerzos aislados o presupuestos eventuales.
Líderes escolares como agentes de cambio
Por otro lado, la participación de líderes escolares como agentes de cambio resulta determinante. Directores y supervisores pueden influir directamente en la cultura pedagógica de la institución, motivando a los docentes a formarse y a reflexionar sobre sus prácticas cotidianas.
A menudo se percibe a la dirección escolar como una instancia de control o supervisión administrativa, pero convertirla en un aliado pedagógico permite que las mejoras trasciendan la mera organización escolar y se reflejen en la manera de enseñar. Si el director se involucra de forma activa y cooperativa con los docentes, promueve espacios de diálogo y fortalece la colaboración entre el personal, se crean condiciones propicias para que el profesorado aplique nuevas metodologías y reciba retroalimentación constante.
Integración de tecnología
La integración de la tecnología también ofrece un apoyo innegable para la formación y el desarrollo profesional continuo, especialmente en zonas rurales o con dificultades de acceso. Plataformas en línea, aplicaciones y videoconferencias multiplican las oportunidades de capacitación sin incurrir en elevados costos de transporte o infraestructura.
Sin embargo, para que estas herramientas cumplan su función, se deben evaluar los recursos disponibles, la estabilidad de la conexión a internet y la capacidad de los usuarios para manejar estas plataformas. Por ello, una estrategia mixta que combine la presencialidad con modalidades virtuales suele resultar la más viable. El contacto humano durante talleres presenciales favorece la confianza y el intercambio directo de experiencias, mientras que los espacios virtuales ofrecen versatilidad y continuidad en el seguimiento del proceso formativo.
Poniendo el foco en los docentes
La pandemia dejó en evidencia la fragilidad de nuestro sistema educativo, pero también puso de manifiesto el compromiso y dedicación de quienes están al frente de las aulas. La investigación de GPE KIX y otras organizaciones demuestra que, si unimos fuerzas en todos los niveles del sistema (desde los gobiernos hasta las comunidades locales) podemos crear entornos de formación docente capaces de transformar vidas. No se trata únicamente de destinar más recursos, sino de ser capaces de apoyar y mantener el entusiasmo y el compromiso de los maestros con políticas de largo alcance y herramientas que realmente les permitan innovar.
Al final, la educación está hecha de personas que enseñan y personas que aprenden. Cuando ponemos el foco en quienes construyen ese vínculo y les damos el apoyo que necesitan, sembramos la semilla de un futuro más justo y equitativo.