Menos prohibir y más educar: los expertos ante la prohibición del uso de pantallas en escuelas

En medio de un creciente debate global sobre el papel de la tecnología en la educación, algunos sistemas escolares han optado por prohibir el uso de pantallas en las aulas, preocupados por su posible impacto en la concentración, el aprendizaje y la salud mental de los estudiantes. Sin embargo, esta estrategia ha generado una oleada de críticas por parte de pedagogos, investigadores y profesionales de la salud, que alertan sobre los riesgos de aislar la escuela del mundo digital. ¿Prohibir es realmente la mejor respuesta? Este artículo reúne las voces de quienes defienden un enfoque educativo e inclusivo frente al prohibicionismo, apostando por una escuela que enseñe a convivir, también, con lo digital.

Menos prohibir y más educar: los expertos ante la prohibición del uso de pantallas en escuelas

IA generativa y jóvenesLa expansión de las tecnologías digitales en la vida cotidiana ha generado uno de los debates más intensos en el ámbito educativo contemporáneo: ¿deben las escuelas permitir o prohibir el uso de pantallas? Reducir la respuesta a esta pregunta a un sí o un no quizás resulte tan ingenuo como contraproducente. Como ya mencionamos en el artículo «El falso debate de la tecnología en las aulas», lo relevante no es discutir si la tecnología debe existir en las clases, sino cómo y para qué la usamos.

Desde esa perspectiva, este artículo recoge los argumentos de especialistas que abogan por un enfoque mucho más matizado: uno que promueva el uso crítico, inclusivo y pedagógicamente significativo de la tecnología en la escuela.

Una pedagogía para una sociedad digital

En lugar de cuestionar la legitimidad del uso de pantallas en sí, muchos expertos proponen revisar el modo en que se enseña y se aprende en una sociedad digital. No se trata solo de incorporar herramientas tecnológicas, sino de construir una pedagogía coherente con los modos contemporáneos de acceso al conocimiento, la comunicación y la creación.

En este sentido, Carlos Magro, experto en innovación educativa, sostiene que “la tecnología educativa se ha convertido en un ecosistema que redefine los procesos de enseñanza y aprendizaje, y que la escuela debe integrar de forma consciente y crítica”. En lugar de una educación basada en la repetición y la transmisión unidireccional de contenidos, propone fomentar el pensamiento crítico, el trabajo colaborativo y el aprendizaje significativo, en sintonía con las posibilidades que brindan las herramientas digitales.

Esta perspectiva está alineada con el enfoque de la pedagogía socioconstructivista, que pone el énfasis en la actividad del alumno, el aprendizaje situado y el trabajo con problemas reales. En contextos digitales, esto significa diseñar propuestas que integren el uso de la tecnología no como un fin en sí mismo, sino como un medio para desarrollar habilidades cognitivas, sociales y comunicativas complejas.

En esta misma línea, Laura Cuesta sostiene que «la tecnología educativa no consiste en cambiar un libro por una tablet, sino en transformar la experiencia educativa». Lo importante no es el soporte, sino la metodología, la intención formativa y el tipo de vínculo que se genera entre los actores educativos.

Por tanto, la pregunta no es si debemos usar tecnología en el aula, sino cómo diseñar entornos de aprendizaje que promuevan una ciudadanía digital activa y reflexiva. Esta perspectiva está alineada con el enfoque por competencias clave de la Unión Europea y con marcos como el DigCompEdu, que describe las competencias digitales esenciales para el profesorado e impulsa la integración crítica y efectiva de la tecnología en la práctica educativa.

Prohibir las pantallas en las aulas contradice de lleno el espíritu de este marco europeo, que no defiende el uso indiscriminado de la tecnología, sino su integración crítica y efectiva para formar a estudiantes capaces de desenvolverse en la sociedad digital. Si se vetan los dispositivos, se frena en seco el desarrollo de competencias absolutamente imprescindibles hoy en día, desoyendo el espíritu de un modelo que no solo invita a usar las pantallas, sino a entenderlas, regularlas y aprovecharlas en favor de un aprendizaje más rico y relevante.

Argumentos tecnopedagógicos: alfabetización crítica y competencias para el presente

Lejos de ser un enemigo del aprendizaje, numerosos expertos destacan cómo la tecnología puede convertirse en una aliada poderosa si se integra con criterios pedagógicos claros. En este sentido, la neuropediatra, María José Mas, afirma en una entrevista al diario El Español que “el problema no es la pantalla, sino el contenido y el contexto”, es decir, importa más enseñar su uso correcto que limitar el tiempo de exposición. Así, en vez de excluir la tecnología, defiende incorporar su enseñanza (por ejemplo, aprender a usar procesadores de texto o IA) junto con ejercicios como dictados y escritura a mano.

Esta idea coincide con los estudios de Richard Mayer sobre el aprendizaje multimedia, que demuestran que, cuando se diseñan adecuadamente, los entornos digitales pueden facilitar la comprensión, la retención y la transferencia del conocimiento.

En este artículo de Education Next, el experto en innovación educativa, Michael B. Horn, suma otro argumento a favor al subrayar que los dispositivos digitales permiten personalizar la enseñanza y adaptarla al ritmo de cada alumno, lo que resulta especialmente útil para quienes presentan dificultades o estilos de aprendizaje diversos. Prohibirlos, en cambio, uniformiza la enseñanza y limita el potencial inclusivo de la tecnología.

El filósofo Gregorio Luri lo sintetiza en una sencilla pregunta: “¿Queremos ser una sociedad digitalmente competente? Si la respuesta es sí, debemos educar desde el primer momento en el mundo digital”. Desde esta óptica, lo pedagógico no es decidir entre tecnología sí o no, sino cómo formar sujetos críticos, autónomos y capaces de pensar con y sobre la tecnología.

Carlos Magro nos recuerda que la tecnología educativa hay que comprenderla, interrogarla y regularla pedagógicamente. La inteligencia artificial generativa es un ejemplo claro. Si el estudiante no entiende el sentido de lo que se les pide en la escuela, utilizarán la IA como atajo para hacer sus tareas. Por eso, además de repensar el sentido de la escuela, es imprescindible tener una conversación sobre la inteligencia artificial. La respuesta, afirma, no puede ser prohibirla, sino explicitar el valor de cada tarea, integrar estas herramientas en el diseño curricular y enseñar a usarlas críticamente.

El exdirector de escuela, Brandon Cardet-Hernández, coincide en que prohibir dispositivos desconecta a la escuela de la realidad digital de sus estudiantes. En lugar de ignorar esa realidad, debemos aprovechar su potencial para aprender a aprender, buscar, crear, contrastar y dialogar en el entorno digital.

Prohibir la tecnología en el aula es como taparse los ojos para que desaparezca el monstruo: una estrategia eficaz solo en cuentos de niños.

Argumentos sociales: inclusión, equidad y derecho a aprender

Desde una perspectiva social, la tecnología es mucho más que una herramienta: es una condición para garantizar el derecho a aprender en un mundo digitalizado. Plataformas en línea, bibliotecas digitales, aplicaciones educativas y entornos virtuales de aprendizaje permiten ampliar el acceso a contenidos de calidad más allá de los límites físicos de la escuela. Esto resulta especialmente relevante en contextos rurales, vulnerables o con recursos escasos, donde la escuela puede ser el único punto de contacto con lo digital.

Alejandro Artopoulos, director académico del Centro de Innovación Pedagógica de la Universidad de San Andrés, advierte que prohibir las pantallas en las escuelas podría profundizar las desigualdades ya existentes, pues los estudiantes que no cuentan con tecnología en casa quedarían doblemente excluidos. “Vivimos en una sociedad de plataformas. Al prohibir los celulares, estamos formando chicos que estarán inermes en la selva digital”, sostiene, subrayando la urgencia de formar en ciudadanía digital dentro del sistema escolar.

En este mismo artículo, Mariana Maggio (UBA) advierte que la falta de integración de las tecnologías no solo limita el acceso a recursos de aprendizaje, sino que también genera “expulsiones invisibles”, dejando atrás a aquellos alumnos que no tienen oportunidades de acceso digital en sus hogares. Según Maggio, esta desconexión tecnológica compromete seriamente su continuidad en los estudios superiores y su futura inclusión laboral.

Gregorio Luri complementa esta mirada subrayando los efectos regresivos de las políticas de prohibición: “Las escuelas que ya tienen recursos seguirán usándolos; las que no, quedarán atrás. Y eso rompe la equidad”. Luri alerta sobre la posibilidad de que la prohibición de pantallas se aplique de manera más estricta en centros con mayores dificultades, generando un doble estándar que aumente la distancia entre la educación pública y la privada.

Desde una perspectiva de justicia educativa, formar en el uso crítico, seguro y responsable de las tecnologías digitales no es una opción: es una responsabilidad pública. En el siglo XXI, la inclusión social pasa necesariamente por garantizar el acceso, el uso y la comprensión de los entornos digitales. Negar esta realidad, o expulsarla del aula, es también una forma de exclusión.

Argumentos psicológicos: enseñar a convivir con lo digital

El malestar que genera el uso excesivo o problemático de pantallas entre niños y adolescentes es una preocupación legítima: trastornos del sueño, dificultades de atención, ansiedad social y adicción al contenido digital son fenómenos ampliamente documentados. Sin embargo, un número creciente de psicólogos, educadores y neurocientíficos coincide en que las prohibiciones generalizadas no son la respuesta adecuada. La clave no está en eliminar la tecnología, sino en formar hábitos de uso saludable, en desarrollar capacidades de autorregulación y en construir entornos digitales guiados y significativos.

En una entrevista al diario Portafolio, Marieth Lozano, portavoz del Colegio Colombiano de Psicólogos (Colpsic), sostiene que “se debe regular el uso de los celulares, más no prohibirlos”. Desde esta perspectiva, la función de la escuela es enseñar a los estudiantes a manejar la tecnología, a poner límites, a reconocer los riesgos —pero también los beneficios— y a tomar decisiones informadas. Esto implica integrar contenidos de alfabetización digital, salud mental y bienestar emocional en el currículo escolar.

Gregorio Luri, por su parte, sugiere que muchos de los temores actuales en torno a las pantallas no se apoyan tanto en evidencia científica como en una ansiedad colectiva mal canalizada: “Prohibir los móviles es una medida barata que promete resultados milagrosos para unos padres nerviosos”. En su opinión, esta reacción desproporcionada a los riesgos percibidos distrae la atención de otros factores más estructurales que afectan al bienestar de niños y adolescentes, como el modelo escolar excesivamente competitivo, la presión por el rendimiento o la falta de tiempo de calidad con adultos significativos.

Los estudios empíricos refuerzan esta visión crítica del prohibicionismo. Una investigación reciente de la Universidad de Virginia, publicada en The Lancet Child & Adolescent Health, demostró que las restricciones severas en el uso de smartphones en el aula no mejoran por sí solas el bienestar emocional ni los resultados académicos de los estudiantes. De hecho, en algunos casos generan frustración, pérdida de autonomía y dificultades en la comunicación con sus pares.

Asimismo, investigadores como Sonia Livingstone y Danah Boyd han mostrado que el impacto psicológico del uso de pantallas no depende tanto de la cantidad de tiempo frente a ellas, sino del tipo de actividad, del contexto relacional y del acompañamiento adulto. No es lo mismo ver videos de forma pasiva y solitaria durante horas, que participar en proyectos colaborativos, crear contenidos o resolver problemas con herramientas digitales en un entorno guiado.

Por ello, las organizaciones internacionales de salud y bienestar infantil, como UNICEF y la Asociación Americana de Psicología (APA), recomiendan promover una “dieta digital equilibrada” en lugar de prohibiciones absolutas. Esto significa formar en autocuidado digital, enseñar a reconocer señales de saturación o dependencia, y fomentar espacios de diálogo entre estudiantes, docentes y familias sobre el lugar de la tecnología en la vida cotidiana.

Educar para la convivencia digital implica enseñar a usar, pero también a desconectar, a elegir, a priorizar, y a establecer límites internos y externos con criterio. En este sentido, el aula puede ser un espacio privilegiado para modelar prácticas saludables y responsables. Por eso, sacar la tecnología de ese entorno sería una verdadera locura: significaría renunciar a uno de los pocos espacios donde su uso puede ser acompañado, reflexionado y transformado en aprendizaje significativo.

No son las pantallas, son las miradas

La discusión sobre la tecnología en la escuela es comprensible: da vértigo pensar que el mundo avanza más deprisa que nuestra capacidad de entenderlo. Pero de tanto mirar la pantalla, se nos olvida mirar lo que importa.

El problema no es el móvil, la tablet o la inteligencia artificial. El problema es que la escuela sigue intentando educar a los estudiantes como si vivieran en los años 80, mientras ellos ya están, mal que nos pese, en el siglo XXI. Prohibir la tecnología en el aula es como taparse los ojos para que desaparezca el monstruo: una estrategia eficaz solo en cuentos de niños.

Las pantallas, bien usadas, no entontecen; pueden iluminar. Pueden conectar a un estudiante de un entorno vulnerable con un museo en Ámsterdam, o a un docente con nuevas formas de enseñar. Pero eso solo ocurre si enseñamos a mirar. A mirar con criterio, con pausa, con intención. La tecnología no debe ser un enemigo a batir, sino una lengua que la escuela debe aprender a hablar con fluidez y con acento pedagógico.

Porque la verdadera responsabilidad de la educación no es proteger a los estudiantes del mundo, sino prepararlos para vivir en él. Y este mundo —nos guste o no— viene con pantallas de serie.

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