La educación lleva años persiguiendo su propio espejismo digital. Cada década promete su milagro y, como suele pasar, los milagros no llegan. Por eso resulta refrescante, para variar, escuchar a alguien que pide frenar un poco la marcha.
Antes de entrar en materia de algoritmos o pantallas, Van Cappelle expone la cruda realidad. “272 millones de niños están fuera de la escuela, y esa cifra ha aumentado recientemente”. Y el siguiente dato tampoco invita al optimismo: el 70% de los niños de diez años en países de ingresos bajos y medios no pueden leer con comprensión. A partir de ahí, cualquier conversación sobre la revolución tecnológica parece, como mínimo, precipitada.
El diagnóstico no es bueno (aunque tampoco es una sorpresa): “Lo que hemos hecho los últimos 20 años no ha funcionado”. Mucha inversión y poca mejora. El error, según él, ha sido confundir digitalizar con transformar. “Lo que típicamente vemos es una traducción de pedagogías tradicionales en formato digital”. El libro convertido en PDF, la clase convertida en vídeo, la evaluación convertida en test online. Mucho pixel, poca mejora.
Esto no significa que tengamos que renegar de la tecnología, pero sí debemos exigirle algo útil. La tecnología puede hacer lo que el papel no puede: adaptar materiales, traducirlos a lenguas minoritarias, producir versiones accesibles, automatizar tareas que dejan exhaustos a docentes y directores. Además, todo esto, puede hacerse sin necesidad de estar siempre conectados. Ahí aparece la idea más sugerente: la IA que funciona offline.
UNICEF la usa para producir libros de texto accesibles en múltiples idiomas, reduciendo costes de forma drástica. “Intentamos reducir el coste más de un 90%… y ya lo estamos logrando”, explica.
El resto recae sobre los maestros: y esa es “su próxima frontera”. Por eso Unicef trabaja con ellos para construir una educación digital que no dependa de tener la última pantalla, sino de tener sentido.
La conversación con Van Cappelle deja una impresión extraña y necesaria: no habla como un gurú tecnológico, sino como alguien que ha visto demasiados anuncios de futuro para seguir creyéndolos. Su defensa de una tecnología útil, discreta y subordinada a los maestros parece casi contracultural en estos tiempos de entusiasmo automático. Quizá por eso escucharle resulta tan interesante: no quiere reinventarlo todo, solo evitar que sigamos repitiendo los mismos errores con dispositivos más nuevos.
Aquí puedes ver la entrevista completa.


