Seis artículos para pensar la creatividad en el aula

La creatividad se ha convertido en una de las competencias más valoradas para desenvolverse en un mundo cambiante. Pero ¿cómo se aprende a pensar de manera creativa? ¿Qué papel desempeñan la curiosidad, las preguntas o el error? ¿Puede la escuela estimularla? ¿Y qué ocurre cuando entra en escena la inteligencia artificial? Recuperamos seis artículos del Observatorio ProFuturo que buscan respuesta a estas preguntas desde la investigación, la práctica educativa y la experiencia de quienes llevan años estudiando cómo aprendemos a crear.

Seis artículos para pensar la creatividad en el aula

Creatividad e inteligencia artificialDurante mucho tiempo, la creatividad estuvo asociada a determinados ámbitos, como el arte, la música, la literatura, y también a una cierta idea del talento: algo que algunas personas tenían y otras no. Hoy sabemos que esa concepción se queda corta. La creatividad es una capacidad que puede desarrollarse y que interviene en actividades tan diversas como resolver un problema matemático, formular una hipótesis, encontrar una explicación alternativa, diseñar un experimento o buscar una solución ante una situación nueva.

En educación, esta idea tiene consecuencias importantes. Si la creatividad puede aprenderse, también podemos preguntarnos qué condiciones la favorecen y cuáles la dificultan. Y ahí aparecen cuestiones que afectan al corazón mismo de la enseñanza: cuánto espacio dejamos para las preguntas, qué hacemos con las respuestas inesperadas, cómo enseñamos a convivir con el error o hasta qué punto permitimos explorar caminos que no conducen inmediatamente a una solución correcta.

La irrupción de la inteligencia artificial ha añadido una nueva dimensión a este debate. Por primera vez contamos con herramientas capaces de producir en segundos textos, imágenes, ideas y múltiples respuestas a una misma pregunta. Su llegada a las aulas obliga a pensar qué significa crear cuando una máquina también puede generar y combinar contenidos, pero también qué capacidades necesitamos para utilizar esas posibilidades con criterio, intención y autonomía.

En los últimos meses, desde el Observatorio ProFuturo hemos abordado estas cuestiones desde perspectivas muy diferentes: qué sabemos sobre la creatividad y las condiciones que favorecen su desarrollo; cómo estimular formas de pensamiento más abiertas y divergentes; qué metodologías y rutinas pueden incorporarse al aula, y qué nuevas posibilidades (y también interrogantes) abre la inteligencia artificial. Reunimos aquí seis de esos artículos para recorrer algunas de las ideas, investigaciones y experiencias que están ayudándonos a entender mejor cómo se aprende, y cómo se enseña, a pensar creativamente.

Comprender para crear

¿Qué puede aprender una escuela de uno de los restaurantes más innovadores de la historia? Mucho más de lo que parece. Después de revolucionar la gastronomía desde El Bulli, Ferran Adrià se propuso trasladar parte de aquel proceso creativo al terreno educativo. Así nació Escuelas Creativas, un proyecto que invitó a 17 centros a utilizar la metodología Sapiens para afrontar sus propios retos de transformación.

La propuesta parte de la idea de que antes de crear hay que comprender. Ordenar la información, contextualizarla, clasificarla, establecer relaciones, imaginar posibilidades y, a partir de ahí, buscar nuevas respuestas. Los centros participantes aplicaron este proceso a desafíos muy diferentes, desde transformar las metodologías de enseñanza hasta repensar los espacios escolares o utilizar el arte para ampliar las posibilidades de expresión del alumnado.

Ferran Adrià: recetas para llevar la creación al aula cuenta aquella experiencia y reúne herramientas desarrolladas para trasladar al ámbito educativo algunos de los principios que hicieron de elBulli un extraordinario laboratorio de creatividad. Porque innovar también exige conocer bien aquello que queremos transformar.

Más allá de la respuesta correcta

Un barómetro, un edificio y una pregunta aparentemente sencilla: ¿cómo calcular la altura del segundo utilizando el primero? La conocida historia ideada por el profesor de física Alexander Calandra sirve de punto de partida para hablar de uno de los grandes enemigos del pensamiento creativo en la escuela: la búsqueda de una única respuesta correcta. El estudiante de la historia encuentra numerosas soluciones al problema, aunque ninguna coincide, en principio, con la que espera quien evalúa.

Pensar fuera de la caja: promoviendo formas innovadoras de pensar y resolver problemas reflexiona sobre cómo las respuestas convencionales y la penalización del error pueden limitar nuestra capacidad para explorar alternativas y propone cuatro iniciativas que buscan hacer justamente lo contrario.

Making Creativity Visible, Design for Change, Cultivating Creative & Civic Capacities y Club 2030 muestran diferentes maneras de llevar el pensamiento creativo al aula: observar e interpretar, imaginar soluciones, enfrentarse a problemas reales, experimentar, colaborar y aprender a contemplar una misma cuestión desde perspectivas diferentes. Porque enseñar a resolver problemas también significa dejar espacio para encontrar caminos que nadie había previsto.

La IA como materia prima para crear

La inteligencia artificial puede proponer ideas, establecer asociaciones, generar imágenes o textos y ofrecer múltiples soluciones en cuestión de segundos. Pero disponer de todas esas posibilidades no nos hace automáticamente más creativos. La diferencia está en lo que hacemos con ellas.

La inteligencia artificial como motor de creatividad en las aulas explora cómo incorporar estas herramientas sin convertir al alumnado en receptor pasivo de respuestas. Para ello, recupera una sugerente metáfora del investigador Rodrigo Fábrega: pensar la IA como una nueva “plastilina”, una materia prima que adquiere valor cuando alguien la manipula, experimenta con ella y la utiliza para construir algo propio.

El artículo propone combinar tres dimensiones —rapidez, lentitud y profundidad— para aprovechar su potencial educativo: automatizar determinadas tareas, pero también detenerse a cuestionar las respuestas; comparar alternativas, detectar errores y sesgos; y utilizar la tecnología para experimentar y desarrollar proyectos. La IA puede ampliar el territorio de lo posible, siempre que sean los estudiantes quienes decidan qué hacer con él.

Recuperar el arte de preguntar

¿Cuándo dejamos de hacernos preguntas en las aulas? Para Rodrigo Fábrega, investigador y experto en educación, tecnología y creatividad, esta cuestión resulta especialmente importante en un momento en el que la inteligencia artificial puede proporcionarnos respuestas casi inmediatas. Frente al temor de que estas herramientas terminen uniformando el pensamiento o sustituyendo capacidades humanas, Fábrega propone utilizarlas precisamente para estimular la curiosidad, la experimentación y la creación.

En La inteligencia artificial como aliada del pensamiento creativo, conversamos con él sobre cómo convertir la IA en una herramienta que los estudiantes puedan interrogar, poner a prueba y moldear a partir de sus propias ideas. El objetivo es pasar de un uso pasivo de la tecnología a otro en el que niños y jóvenes aprendan a dirigirla con criterio.

La conversación aborda también el papel del error, la formación docente y la necesidad de revisar algunas inercias de una escuela todavía muy orientada a encontrar respuestas. Porque, cuando obtenerlas es cada vez más fácil, aprender a formular buenas preguntas adquiere un valor completamente nuevo.

Hacer del pensamiento una rutina

¿Cómo se enseña a pensar? Esa fue una de las grandes preguntas que empezó a explorar Project Zero, nacido en la Universidad de Harvard en 1967 para investigar los procesos cognitivos implicados en las artes y la creatividad. Con el tiempo, sus investigaciones se ampliaron hacia cuestiones como la comprensión, el pensamiento crítico o la capacidad para observar un problema desde diferentes perspectivas.

Una escuela que piensa: rutinas para despertar la curiosidad y la comprensión recorre la historia de Project Zero y se detiene en una de sus aportaciones más conocidas: las rutinas de pensamiento. Son procedimientos breves y repetibles que ayudan a hacer explícitos procesos mentales que normalmente permanecen ocultos: observar antes de interpretar, justificar una afirmación, formular preguntas, establecer conexiones, considerar otros puntos de vista o revisar una idea inicial.

Rutinas como Ver-Pensar-Preguntar, ¿Qué te hace decir eso? o Solía pensar-Ahora pienso pueden incorporarse a la actividad cotidiana del aula. Practicadas de manera habitual, convierten el pensamiento en algo que puede observarse, compartirse y mejorarse. Y crean, de paso, algunas de las condiciones fundamentales para pensar de manera más flexible y creativa.

Crear las condiciones para la creatividad

La creatividad no es un don reservado a unos pocos ni depende de esperar a que llegue la inspiración. Es una capacidad que puede desarrollarse, pero también inhibirse. De hecho, diversos estudios sobre pensamiento divergente muestran cómo la facilidad para imaginar múltiples soluciones y explorar alternativas disminuye a medida que avanzamos hacia la edad adulta.

Cómo educar sin matar la creatividad analiza qué ocurre durante ese proceso y, con ayuda de María Lourdes García Vázquez, experta en creatividad y tecnología educativa, revisa algunas de las condiciones que la investigación ha identificado para favorecer el pensamiento creativo.

Separar los momentos de creación y evaluación para evitar que el juicio aparezca demasiado pronto; disponer de tiempo para probar, descartar y recombinar; introducir el juego y la experimentación; colaborar con personas que aporten perspectivas diferentes; o recurrir a metáforas, analogías y narrativas son algunas de ellas.

La creatividad, en definitiva, necesita espacio. Y educarla implica construir entornos en los que explorar alternativas, asumir cierta incertidumbre y equivocarse formen parte del proceso de aprender.

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