El problema no es el móvil

La conversación sobre infancia y tecnología suele reducirse a una pregunta demasiado simple: cuánto tiempo pasan los niños frente a una pantalla. Pero, ¿y si el problema no fuera el móvil? En esta entrevista, la psicóloga e investigadora colombiana Viviana Quintero explica cómo las plataformas digitales están diseñadas para capturar la atención infantil, por qué prohibir no basta y qué deberían hacer familias, escuelas y gobiernos ante una generación que ya crece dentro de Internet.

El problema no es el móvil

Los adultos todavía hablamos de Internet como si fuera un lugar separado de la vida real. Los niños no. “Para nosotros como adultos existe una división entre la vida online y offline. Para los niños esa división no existe”, explica Viviana Quintero, psicóloga y experta en crianza digital. “La vida es un continuo que pasa unas veces en línea y otras fuera de línea”.

Ese cambio de perspectiva es importante. Porque si Internet ya no es un espacio separado de la vida cotidiana, entonces el debate ya no puede reducirse a cuánto tiempo pasan los niños frente a una pantalla. La cuestión pasa a ser cómo están diseñados esos espacios digitales donde hoy también se socializa, se aprende, se juega y se construye identidad.

La entrevista gira alrededor de esa idea. Y también alrededor de algo que pocas veces ocupa el centro de la discusión pública: la idea de que muchas de las plataformas que utilizan niños y adolescentes no son neutrales. Notificaciones, scroll infinito, vídeos cortos, recompensas sociales, algoritmos que aprenden del comportamiento de los usuarios… Quintero describe un ecosistema digital pensado para mantener la atención el mayor tiempo posible.

“Lo que tenemos ahora son plataformas con un diseño persuasivo”, señala. “Buscan activamente que los niños permanezcan hiperconectados porque de eso depende el negocio que hay detrás”.

La escena resulta familiar para casi cualquier adulto: abrir una aplicación durante unos minutos y descubrir, media hora después, que uno sigue ahí. La diferencia —recuerda Quintero— es que los niños todavía no tienen desarrolladas muchas de las habilidades de autorregulación necesarias para poner freno a ese entorno.

Por eso insiste en que prohibir no alcanza. Y en que reducir toda la discusión al teléfono móvil termina simplificando un problema mucho más complejo. “Cuando nos centramos solo en el aparato, perdemos de vista otra cantidad enorme de cosas que podríamos estar haciendo”, señala.

En la entrevista aparecen entonces familias agotadas tratando de controlar horarios, escuelas convertidas en primera línea de contención y docentes obligados a gestionar conflictos digitales para los que muchas veces nadie los preparó. También aparece otra idea interesante: acompañar no es vigilar.

Quintero cuestiona las estrategias basadas exclusivamente en supervisión y control. Habla, en cambio, de conversaciones, acuerdos y construcción de confianza. “Funcionan más las estrategias que ayudan a instalar una brújula interna”, dice.

El problema, insiste, no puede recaer únicamente sobre familias y escuelas y nos lanza una pregunta muy potente: “¿Cómo le pedimos a un ser humano que regule su comportamiento en un contexto completamente desregulado?

A partir de ahí, la conversación se mueve entre educación, derechos digitales, regulación y ciudadanía. Porque, para Quintero, el desafío ya no afecta solo a niños y adolescentes. “Todos somos usuarios digitales”, insiste. Y entender cómo funciona ese entorno se está convirtiendo en una condición básica para poder habitarlo críticamente.

Si quieres ampliar información y saber más sobre todo lo que nos contó Viviana Quintero, aquí puedes acceder a la entrevista completa.

 

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